miércoles, febrero 22, 2006

Durmiendo con la Ira

Lo recuerdo como si hubiera sido real. En mi sueño, la Ira acumulada dentro de mí, cobraba forma corpórea, y se levantaba ante mí. Y tras engullirme, tomaba el control de mis acciones, de mis pensamientos y de mis armas. Poseído por la Ira, embestía con todo lo que se cruzaba por mi camino. Cosas y personas, queridas o no.

Tan sólo armado con un mandoble a dos manos afilado por palabras mortíferas, con los ojos vendados por el rencor y los oídos taponados por el odio, era capaz de cargar contra seres queridos, hiriendo en los puntos más dañinos, sin conocimiento alguno de cuan profunda podía ser la herida. Podía destrozar cuanto pisaba, y remataba a mis víctimas con rugidos dignos del más furioso de los tigres.

Tras la matanza, la Ira me abandonaba. Y me dejaba en el suelo, con tan sólo la fuerza suficiente como para poder levantar la cabeza y observar la desgracia a mi alrededor. Un escenario derruido por una batalla, con seres amados agonizando de dolor por el suelo. Y mientras todo ardía a mi alrededor, yo sólo podía llorar y echarme las manos a la cabeza, pero sin posibilidad alguna de tirar el tiempo hacia atrás.

Afortunadamente, sólo fue un sueño. Voy armado con la espada de la palabra, pero también me protejo con el escudo de la paciencia. Miro con los ojos de la razón y escucho con el oído de la sabiduría. Y rezo cada día para que ninguna de estas cualidades me abandone, pues sé con seguridad que mi pesadilla tomaría las riendas de mi existencia.