La Dama y la Burbuja
Cuando estás en ese pequeño mundo con tan sólo dos habitantes, compartes incluso el aire que respiras con la persona a la que amas. Esa persona que lo es todo para ti, tanto, que olvidas que estás dejando atrás un mundo lleno de gente. Para mí, esa persona era la Dama de la Burbuja.Al principio, no había burbuja. Todo era pasión, libertad, dos almas que se conocían día tras día. Pero poco a poco, una burbuja se empezó a formar alrededor de nuestras vidas, una burbuja que dejaba que las cosas importantes se quedaran atrás, una tras otra, dejando paso así a un mundo con una cubierta cristalina, con sólo dos habitantes: un caballero y una dama.
A medida que pasaba el tiempo, el escudo que protegía nuestras vidas, sólo dejaba salir cosas. Cuando inviertes más tiempo en la Dama que en alimentar a tu caballo, éste se va por su propio pie. Así es como vuela la amistad. Al huir de casa para vivir con la Dama, pierdes tu armadura, tu hogar. Y cuando dejas de usar el arte de la palabra con diferentes personas de tu entorno, pierdes tus armas. Así es como una Dama desarma a un Caballero.
Desarmado, indefenso y encerrado en una burbuja de cristal, el caballero que antaño vivía aventuras haciendo alarde de sus armas y siempre contando con su caballo, infatigable compañero de fatigas, fue entregando su alma a esa Dama que le hechizaba, cada día más. Durante seis largos años, estuve preso en la Burbuja.
Desde dentro, se veia el mundo exterior. Oportunidades de vivir aventuras, de viajar, pura sangres dispuestos a correr por la vida de su jinete, incluso gráciles corceles blancos que trotaban con gracia, todos ellos se veían a través de las cristalinas paredes de mi mundo. Pero siempre estaban fuera. Por mi Dama, se quedaron fuera.
Cuando los muros transparentes empezaron a nublarse, es cuando me dí cuenta de la belleza del mundo exterior. La Dama de la Burbuja, presa de celos y de miedo por que su caballero se sintiera tentado por el mundo que allí aguardaba, lanzó un hechizo para que los muros se cubrieran de una espesa niebla, y que brazos y piernas se enredaran con tensas cuerdas que apenas dejaban respirar. Una magia que me obligaba a mirar a la Dama por toda la eternidad.
Pero aquí estoy. Fuera ese mundo encantado, pese a mi amor por esa bella Dama que hechizaba mi vida. Aún maniatado, ciego y desarmado, fui capaz de luchar por una vida mejor, hasta que ciego por la rabia, sin saber bien bien cómo, si por voluntad de la Dama o por voluntad propia, me vi fuera de la Burbuja encantada.
Desnudo, desarmado y a pie. Pero con valor para afrontar la realidad.


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